HOY, más que nunca, ¡EL AMOR NOS HARÁ LIBRES!.

Hoy he salido a comprar… llevaba diez días sin pisar la calle…

La situación era, cuando menos, particular… nada que no estéis viendo ya por vuestros propios ojos ¡para que hablar!. Cuando te asomas al mundo físico de ahí fuera… te das cuenta de que la situación es tensa, incómoda e, incluso, llega a sobrecogerte…

Cuando bajo a la calle, aprovecho para mirar la fachada de los edificios, a mi alrededor… y experimento la sensación de eco y silencios, murmullos y ruidos leves… y el piar de algunos pajaritos que ¡ya empiezan a celebrar la Primavera!.

Es inevitable pensar en ¡tantas cosas que no son ahora! y que hasta hace unos días… era del todo impensable concebir la vida, del día a día, sin ello: sin las terrazas llenas de gente un día soleado o los niños agarrados de sus madres y padres, con el bocata en la otra mano, mientras se desprenden de las pesadas carteras, llenas de libros, al salir del colegio… En parte, se agradece no escuchar coches… pero cuando caes en cuenta de la razón de esto último… es inevitable (o por lo menos para mi, no sé a vosotros) que se me ponga un nudo en el estómago…

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A veces echo de menos a aquel potrito desbocado…

Puede que la influencia de Mercurio retrogradando en Piscis, como dicen los astrólogos, tuviera bastante más relevancia de lo que me pensaba en todo esto que llevaba experimentando hacia, justo, 3 semanas. Resultaba imposible pasar por alto todas las reminiscencias que había estado teniendo a lo largo de todos estos días. Muchas de ellas se me habían colado, con nombres y apellidos de fantasmas del pasado, en mis propios sueños. Y en todas ellas se trataba de mi en diferentes experiencias y episodios de mi vida. Lo impresionante es que algunas transcurrieron hace más de 10 años…

No puedo decir que he tenido una vida precisamente aburrida… todo lo contrario; si se caracterizaba por algo mi experiencia terrestre era por su intensidad. Lo que me llamaba mucho la atención es el hecho de que, desde hacia tres semana,  no paraba de revivir internamente acontecimientos muy concretos de mi vida. Los había revivido como si hubiera viajado en la máquina del tiempo. Sucesos con personas que ya no forman parte de mi vida y que, a día de hoy, no echo en falta. Pero sí es cierto que habían sido personas relevantes por su papel en ciertos acontecimientos que, sin duda, me transformarían para siempre.

No tenía pensado compartir esta página de mi diario como entrada en el blog pero… ¿y si os digo que en medio de este extraño ensueño del pasado me llegué a encontrar con personas de aquella época?, sí, sí, sí… de la manera más fortuita. Y tras conversar con algunas personas últimamente… creo que es algo que no me ha pasado sólo a mi. Algunos las llaman “sincronicidades”, otros “causalidades”, yo he estado a punto de rebautizarlas como “putadas” pero me he decidido por ser más positiva y decorosa y las he definido como “incomodidades oportunas”.

Muchas veces vivimos cosas que una vez pasadas ya no volvemos a caer en ellas y es curioso, porque algunas de esas vivencias supusieron un “antes y un después” en lo que somos a día de hoy y en la forma en la que vemos el mundo y la vida… ahora.

Aquellas primeras personas que conocimos al principio de nuestro camino en solitario por el mundo y que mandaron “bien lejos” (por decirlo finamente) a todo lo que por aquel entonces nosotros consideramos “verdades absolutas”. Todos aquellos momentos se viven tan intensa como fugazmente, no sé si estáis de acuerdo, o no, pero lo curioso es que siempre se recuerdan con un… “parece que fuera ayer” y sí… en ese mismo instante te empiezas a sentir más mayor de lo que te gustaría al verte a ti mismo emplear ese tipo de muletillas literarias más propias de nuestros padres y abuelos pero… es que es la pura verdad. Sin embargo mucho más importante que el paso del tiempo, lo son las pocas veces que volvemos a reparar en ellas… en esas experiencias que tanto nos han marcado; quizá porque revivir la intensidad de aquellas emociones es… literalmente: estremecedora, ¿puede ser?.

Cuando empezamos a caminar solos por el mundo, lejos de las miradas más o menos vigilantes de nuestro “entorno familiar” estamos sedientos de experiencias… deseamos sentir que llegamos a vivir de forma vertiginosa, a cual “potro desbocado”, acontecimientos que acaban siendo desenlaces inesperados y en el 99% de los casos… peligrosos y grandes maestros de vida. Pasamos por esas experiencias quemándonos muchas veces hasta las cejas, pero estamos tan sedientos de emoción y tan llenos de vida… que apenas nos despeinábamos… y si lo hacíamos… nos lamíamos rápidamente las heridas y ya se irían curando por el camino a la siguiente aventura. Inconscientes y alocados… descubrimos lo mejor de la vida… “las primeras veces”, las primeras experiencias… esas que nunca se olvidan y que pocas veces se recuerdan con los años… por miedo a que… al volverlas a sentir… se nos mueva algo más que el peinado.

En todas esas vivencias… hay algo común: nosotros, las personas que dejamos de ser para convertirnos en lo que hoy somos… Y la verdad es que nunca dejamos de ser ese potro desbocado, lo que pasa es que ahora… el potro es más cauto porque siente más la herida que escuece y pica cuando se seca al viento y que, por experiencia, ya sabemos… a veces se infecta y entonces ya entran en juego otros factores de la vida que hemos ido conociendo…

No tememos a la vida, muchas veces tememos a las expectativas, a las ideas creadas por nuestras mentes dictatoriales e inquisitivas, tememos a las emociones que acostumbramos a callar en nuestro interior con el paso de los años y… es por eso que es muy importante mirar de vez en cuando para atrás y recordarnos. Y, sobre todo, es muy importante mirar hacia adentro. Y recordar que… sentir siempre será el mejor guía de viaje, el más leal y el más sabio.

Feliz tarde de domingo.

Espero que os guste, con cariño… RoMa.

Tu verdadero deseo, ¿cuál es?.

¿Cuántas veces nos hemos sentido incómodos, tristes e, incluso, terriblemente enfadados ante la frustración de un deseo truncado?. ¿Cuántas veces hemos estado a las puertas de conseguir algo que, pensábamos, era lo mejor que nos podía pasar en ese momento y de forma, aparentemente, inesperada… sucedió algo “echando al traste” todo el esfuerzo?. En ocasiones, nos saboteamos sin entender el porqué y lo más llamativo es que, en el 90% de las ocasiones, ni siquiera nos damos cuenta de nuestro auto-saboteo.

Intentar exponer todos los porqués a este hecho en un post, sería cuanto menos un atrevimiento por mi parte y, no obstante, deseo plantear una reflexión que puede despejarnos muchas dudas y aportarnos claridad, la cual es muy valiosa (por no decir imprescindible) a la hora de comprender el devenir de los acontecimientos vividos.

En uno de estos episodios que yo, como humana, también he experimentado… una serie de preguntas vinieron a mi, a modo de inspiración; lo cierto es que llegaron creándome una considerable incomodidad, por no llamarlo: un creciente malestar. Las cuestiones eran: “¿realmente lo deseaba?, ¿realmente deseaba que aquello se materializara… o era más una idea preconcebida y un “debería” disfrazado y programado por mi sistema, subconsciente, de pensamientos?, ¿había verdadera pasión en ese deseo que finalmente se había truncado o, quizá, se trataba de algo que me aportaría un reconocimiento y una validación externa?, ¿satisfacía mi “falso deseo” ciertas “necesidades” de valoración y pertenencia?, entonces… ¿mis sueños se trataban de deseos más aparentes y superficiales que reales?.

Honestamente, no creo que el ego sea malo, creo que el ego desconectado del valor personal y de la consciencia y coherencia entre lo que soy y lo que hago… sí puede ser un gran saboteador de sueños y deseos verdaderos del ser humano. Ya que el ego que no está en equilibrio se alimenta, en desmedida, de ideas preconcebidas, como son las teorías acerca de “cómo debo-quiero” mostrarme al mundo; muchas de las mismas sin tener en cuenta lo que realmente necesita y desea el propio individuo, en su esencia más auténtica y original.

Básicamente, a veces, carecemos de un deseo auténtico y no es hasta que convertimos la rabia y la frustración en calma y analizamos, con detenimiento, nuestras acciones y la emoción que nos despiertan en pleno proceso… no es hasta que no identificamos la emoción… que podemos estar “dándonos golpes con la misma piedra”.

Por otro lado, he sido testigo de como personas muy capaces, se saboteaban constantemente en sus propósitos, aun, cuando se trataban de auténticos propósitos y deseos. Y esto es debido a que las personas solemos olvidar dos aspectos imprescindibles: los paradigmas y las necesidades. Los paradigmas son ideas, sistemas de creencias programados en nuestro inconsciente, que condicionan constantemente un resultado. Da igual que te repitas, mil veces al día, que: “quieres ser rico”, “encontrar pareja” o “tener la figura soñada”; da igual lo que desees si has llegado a creerte, inconscientemente, que nada de eso es posible. Si en algún momento del camino, te has identificado con una identidad que limita tu deseo, lamento decirte, que vas a sabotearte tantas veces como lo intentes. Tomar consciencia de este hecho, es algo imprescindible y ahorra mucha frustración y sufrimiento innecesarios. Sí, todo es tan fácil como formatear nuestro disco duro y borrar esa memoria que corresponde a una vieja identidad limitante y escribir sobre ella la nueva, la cual hará viable nuestro sueño. Parece fácil, pero esta es, sin duda, la parte más compleja y temida de cualquier proceso. Para cambiar nuestros paradigmas, hacen falta: uno, tener el absoluto deseo de hacerlo y… dos, tomar acción. Y para ello es necesario valor y estar dispuestos a iniciar un viaje que no estará falto de turbulencias, pero que conseguirá que tu sueño deje de ser un idea para convertirse en una realidad fehaciente. Así es.

Un cambio supone: atravesar la incomodidad y, muchas veces, el dolor. Un cambio supone reconocer la causa y origen de los paradigmas limitantes e identificar las necesidades que han estado cubriendo, hasta ese momento. Puede ser que al decirnos que éramos buenos, asociábamos la pobreza a la bondad y esa idea satisficiese nuestra necesidad de autovalidación y reconocimiento como persona íntegra y bondadosa, por ejemplo; puede ser que al decirnos que éramos excesivamente gordos o excesivamente delgados “porque sí”, nos sintiéramos seguros al no llamar la atención de ciertas personas, que pudieran fijarse en nosotros por alguna razón que nos resultara vergonzosa o intimidante;  puede ser que al autodefinirnos como vagos y perezosos hayamos estado evitando tomar responsabilidad con respecto a una situación, la cual sólo dependía de que nosotros nos decidiéramos a trabajar en ella… pero que, de algún modo, enfrentarnos a esa situación suponía un reto y el miedo al fracaso era más grande que nuestra necesidad de satisfacer ese deseo. ¿Puede ser?.

Hay algo que me gustaría señalar especialmente, y es la energía que invierte una persona en un  proceso de cambio. Y mi observación es acerca de lo poco respetuosos que solemos ser con nosotros mismos en esos momentos. Parece que activarnos y tomar acción por el cambio, justifica el hecho de que estemos continuamente bajo un látigo. ¿Realmente es necesario ese látigo?. Desde luego que todo el que haya conseguido un cambio en una condición similar… debe tener muy pocas ganas de plantearse el siguiente reto. Porque, seamos honesto, ¿el fin justifica los medios?. Lamentablemente, cuando la respuesta a esta pregunta es “sí”… suele suceder que, al llegar a la meta, la persona ya ha programado el siguiente reto y no se detiene a celebrar, porque su miedo a volver atrás o a dejar de sentir motivación por algo… se lo impide. ¿Pero somos realmente felices ocupando nuestra agenda minuciosamente para conseguir nuestro deseo?, ¿estamos presentes?, ¿llegamos a tomar consciencia de nuestra evolución, de los tiempos y experiencias que esta supone?. Resulta que la vida es una y  el momento que vives ahora no podrás recuperarlo mañana… ¿puede ser que nos de miedo vivir con todos los sentidos el instante presente?.

¿Qué sucede cuando cierras los ojos?. Las voces… los juicios internos, las opiniones externas, las suposiciones, los “me digo que…”, los miedos, las dudas… . ¿Qué hay en el silencio, qué voz es la tuya y cuál es la certeza que se siente?, ¿dónde esta ahí la vida que estas experimentando y que te regala los segundos contados, que no piensa devolverte?. Cuéntame… ¿dónde estas tú en todos esos pensamientos?.

Esta es una reflexión que ofrezco para dar a conocer el motivo por el que las personas recurren a la meditación. La meditación mejora la sanación física en diferentes procesos; lleva al individuo a sentirse BIEN, plenamente, mejorando la calidad de sus pensamientos y de su experiencia vital. La meditación nos aporta momentos de paz y silencio, los cuales nos aportan claridad y, en ocasiones… sobre todo al principio, nos lleva a conectar, intensamente, con nuestras emociones más ocultas.

¿Cómo lograr sueños si no se está al 100%, si no esta vivo con consciencia y plenitud?, ¿cómo llegar al futuro si no estamos presentes en el aquí y el ahora?, ¿cómo renovar los paradigmas, que nos sabotean, por aquellos que nos encumbrarán y liberarán en nuestro camino… si no sabemos cuáles son y de dónde proceden?.

Yo sólo invito a la reflexión, puesto que creo con certeza, que el ser humano tiene el derecho divino de ser libre. Y no entiendo la libertad desde la esclavitud de los “tienes que…”, “deberías que…”, “eres tal…”, “siempre” o “nunca” etc., de una mente estresada y desconectada del presente. Os propongo algo que una persona un día me propuso y no ha pasado el día que no siga estando agradecida por ello: sustituye el “tengo que…” o el “debo que…” por “QUIERO” y, si en algún momento, te escuchas a ti mismo decir ese QUIERO sin convicción y sin desencadenar en ti un flujo de emociones positivas… te pido que te plantees si esa acción es imprescindible o si se puede idear un plan para sustituirla por otra. Puede que te sorprenda lo que suceda a continuación…

Hasta aquí mi reflexión del día.

Con la mejor energía me despido y… me encantaría tener un “feedback” de ti lector, que tanto valoro y respeto.

Gracias, gracias, gracias infinitas por tu atención y por tu valioso tiempo.

RoMa.