Una llegada inesperada…

Todo comenzó con una noticia curiosa, de esas que “siempre” provienen de China o de algún país lejano, donde pasan cosas que no les suele importar, casi nunca, a nadie… no se suelen tomar muy en cuenta a primera instancia… será por eso de la lejanía… “¡total, los chinos y los de esa parte del mundo, que están tan lejos, comen siempre bichos muy raros…!”.

Poco a poco, la noticia empezó a tener mayor visibilidad y ocupar más segundos en el espacio del telediario. Reconozco que no veo apenas la tv y, mucho menos, los informativos…, soy de las que buscan en Internet, en sus fuentes “más fiables” o, al menos, en otros canales que me parecen menos sensacionalistas…; nunca he entendido que hay de positivo y de necesario en poner imágenes de masacres, incluyendo cuerpos desmembrados, a las horas puntas de la comida y el descanso, en fin… pero ese es casi, casi, otro tema… El hecho es que, si bien no recuerdo,  había encendido la tv para poner una serie en Netflix y justo, en ese momento, escuché al presentador de los informativos dando la noticia sobre la subida incipiente de fallecimientos por contagio del virus en el país asiático… La verdad es que no sé qué fue primero… si el escalofrío que me recorrió la nuca (nunca suele ser buen presagio) o la extraña sensación de incredulidad que se apoderaría de mi y que, hasta hoy, me sigue acompañando. “¿En serio un virus?, ¡¿pero qué narices les pasa a esta gente con las medidas de sanidad y la alimentación?!”- pensé. No quise escuchar mucho más y rápidamente proseguí con lo que estaba haciendo… .

Pasaban los días y aquel virus raro, raro de narices, seguía ganando protagonismo en la prensa y los datos no eran nada tranquilizadores… No recuerdo, ni ninguno de mis familiares y amigos, haberme preocupado antes por una noticia similar… pero, paradójicamente, sentí como el nerviosismo en mi iba aumentando día a día… Hasta que hubo un primer caso de hospitalización en Italia a causa del “bicho” (como lo he acabado apodando). No entendía muy bien cómo sabían  que las afecciones eran a causa de aquel molesto “bicho”, ya que si los síntomas eran similares a los de una gripe… ¿no había multitud de virus de la gripe?; recuerdo que tenía muchos interrogantes, los cuales, siguen estando sin resolver.

Esa misma tarde, anulé de mi agenda todas las citas, eventos, reuniones, etc…  que no fueran imprescindibles y, por supuesto, me negué a coger el metro, un bus o a pisar las arterias principales de la ciudad a partir de ese momento… y eso que yo vivo en la zona centro de Madrid. Seguramente alguna buena amiga, que esté leyendo esto ahora, se sonreirá acordándose del momento exacto en el que llamé anulando algún plan; estoy segura de que pensaron que era una excusa absurda para justificarme por otro motivo, pero, por raro que pareciera tratándose de mi…: realmente estaba nerviosa, muy nerviosa, y no lo entendía ni yo. No soy nada partidaria del miedo, ni del histerismo, es más, reconozco que son dos cosas que intento mantener fuera de mi vida todo lo posible y, de hecho, hice varios post sobre ello haciendo un llamamiento a la calma en mis redes sociales durante aquellos primeros momentos… .

Todo comenzó con un virus que, aunque con nombre “real”, estaba dejando a todos los especialistas desarmados… un virus que, aunque estaba al otro lado del mundo, viajaba a toda velocidad, surcando el cielo, en dirección a nuestras ciudades y, en muchos casos, a las propias casas de los ciudadanos que hasta ese momento todo les sonaba más a “cuento chino” que a razón lógica para alarmarse y prepararse para lo que venía… En Madrid todo transcurría como si nada y resultaba extraño recibir, día a día, hora a hora, informaciones que no hacían presagiar nada bueno.

¡La humanidad ha perdido la perspectiva y sobre todo la humildad y pronto tendremos un problema por esto…!”– esa frase tuvo eco en mi cabeza durante los primeros días… Y, poco a poco, me sumía en una sensación de inquietud e incertidumbre que, de vez en cuando, es todavía hoy que me pilla por sorpresa y me descubro a mi misma envuelta en ella, de nuevo.

Cuando los casos por contagio, en Italia, proliferaban… pronto pensé en Madrid y en los vuelos constantes que provienen de Milán, Roma… y, por supuesto, de muchos de mis amigos que están en ese país. Los primeros whatsapps que intercambié con ellos… no fueron nada tranquilizadores… y pronto me vinieron a la mente aquellas inolvidables imágenes de ese 11 de Marzo donde Madrid demostró que tiene un corazón de oro. Aquel recuerdo me sacudió sin más y rápidamente vinieron a mi memoria los momentos vividos durante la famosa manifestación que tuvo lugar días después de los atentados terroristas. Yo era tan sólo una adolescente de 16 años, pero me sentí la chica más fuerte y poderosa del planeta, rodeada de todas aquellas personas que demostraban con su contundente presencia que no claudicaban, ni claudicarían, ante el miedo y las amenazas más atroces, que no cederían fácilmente a nada que atentara contra lo que más amaban: sus vidas y las de sus seres queridos. Fue entonces cuando, al recordar todo esto, sentí como mi pecho se hinchaba de aire y, como siempre me pasa al recordarlo, mis ojos se humedecieron por unos instantes. Todavía es hoy que siento las gotas de lluvia surcando mi cara y empapándome el pelo… ¡mi larga melena recogida por una coleta alta y tirante mal hecha!, camuflándose mis lágrimas con las gotas de lluvia de aquella larga tarde de marzo… las lágrimas que, como chica dura por aquel entonces, me preocupaba por ocultar y mantener a raya. Pero, sobre todo, recuerdo el calor que emanaba de mi pecho al gritar, a coro, con todos los ahí presentes: ¡LIBERTAD!. Es hoy que aún se me eriza el vello al recordarlo.

Muchas cosas han pasado después de aquello, desde aquel fatídico mes de marzo del 2004… pero hay emociones que se archivan intactas en el corazón. Esta sensación es diferente, esta sensación no quema en el pecho y sube por la garganta hasta estallar en el aire… como sucedía aquella tarde… esta vez, la presión baja al estómago… invade los pulmones y permanece en el pecho largas horas… como un dolor sordo y penetrante. La mente amenaza, de vez en cuando, con algún pensamiento desafortunado pero, rápidamente, dirijo mi atención al momento presente y tomo aire profundamente por la nariz, hincho el estómago, cierro los ojos y permitiéndome sonreír… susurro: todo esta bien, confía.

Sólo puedo decir que el encierro, aunque a veces un poco incómodo, me parece una mera anécdota cuando pienso en lo que algunas personas están viviendo…; entonces, en vez de sumirme en la angustia y la tristeza… pienso que sólo deseo con todas mis fuerzas que esas personas puedan regresar sanas a sus hogares. Lo deseo con ¡tantas ganas! que me descubro, a mi misma, sonriendo con los ojos cerrados y convenciéndome de que, pronto, esa noticia será un hecho. “Así lo deseo, así será” – me digo una y otra vez, a modo de mantra -.

No puedo hacer otra cosa que mantener la calma, hacer de mis horas en casa algo productivo, escuchar y hablar con otras personas intentando que esas conversaciones terminen en frases positivas y en sensación de alivio para ambas partes. Es mi responsabilidad cuidarme para poder cuidar a otros. Todos nos ayudamos porque evidentemente cada uno esta teniendo su experiencia y sus circunstancias y no es nada simple levantarse, cada día, sabiendo que hoy, sí o sí, debes ser la mejor versión de ti misma porque de eso dependen, incluso, vidas humanas. Convenciéndote de que tú vas a estar sana porque esa cama de hospital es para quien la necesita ahora. Y que no sería nada justo para otros que yo, siendo joven y estando sana, enfermara por una absurda imprudencia por mi parte. ¡Responsabilidad! – me digo cada día cuando las paredes se me caen encima tras varios días sin pisar la calle o cuando me agobia y sobrecogen tantas medidas de seguridad al ir a comprar, ¡son muchas cosas de las que estar pendientes! pero… ¡todas merecen el esfuerzo! – me digo una y otra vez a mi misma.

¡Que gran lección de humanidad nos esta dando la vida a nosotros, que nos habíamos llegado a creer que erigimos a nuestros propios dioses, como hemos hecho con el Dinero y el Poder!. Hoy el poder se desnuda de mentiras y engaños para demostrar su verdadera cara: LA RESPONSABILIDAD; y hoy… es LA VIDA la que ocupa el único trono divino… No hemos respetado LA VIDA porque no hemos respetado a quien nos la otorga, a nuestra auténtica y verdadera madre y omnipotente y omnipresente diosa: LA NATURALEZA. Y es por ello que hoy la humanidad esta a merced de su propia consciencia. Nunca imaginé que en un momento así pudiera llegar a ser tan irónica la vida.

No me considero de ninguna religión, aunque estoy bautizada, hice la comunión y estudié en un colegio de monjas… hace mucho que sustituí la palabra religión por la espiritualidad… me resulta más real y menos dogmática… siempre lo digo: “yo no soy de credos, yo soy de fe”. No obstante, hay una versículo de la Biblia que me vino a la memoria la misma semana que saltaron las alarmas en Madrid: “A quien se ensalza Dios le humilla… y quien es humillado será ensalzado por Dios”; precisamente no me gustan las religiones porque no creo en un Dios que castigue o premie a sus hijos, no creo en ese tipo de juicios, bueno, no creo en ningún juicio…  pero sí creo en “la causa y  efecto” de las cosas y que la vida es una formidable maestra, que sabe como dar las lecciones para que se aprendan y… si no lo haces… acaban doliendo demasiado, ¿si o no?, ¿tú que piensas?. Pues bien, yo pienso que esto no es un castigo, pero sí es el efecto de muchas de nuestras imprudencias… como por ejemplo: llamar Dios al Dinero y reducir nuestros principios y valores a argumentos bonitos de las películas de cine,  los cuales ignoramos según empiezan a salir los créditos al final de la película.

Cuando olvidamos qué somos… la vida nos lo recuerda. Así de simple.

Sólo espero que quienes sufren hallen consuelo, que quienes están enfermos… sanen, que quienes añoran paz… la obtengan, que quienes sienten miedo… recuperen el coraje y la fe, que quienes no respetan la vida… aprendan; que los niños hagan uso de su divino derecho de conocer el mundo y disfrutar de él tal y como lo hicieron sus padres y abuelos… ¡o mejor!;  que nuestras mascotas puedan disfrutar del campo y los parques, como merecen, y que nuestros descendientes  conozcan este momento en la historia… como el momento en el que la humanidad recordó cual es su verdadera naturaleza y su mayor responsabilidad: respetarla, cuidarla y, al igual que a ella, respetarnos y cuidarnos unos a otros.

Por todos los héroes que están luchando su mayor batalla y también por todos los héroes que salvan vidas en este momento… van estas letras.

GRACIAS. Y que todo esto sirva para un futuro mejor, para un presente responsable.

RoMa.

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